La diosa madre paleolítica

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Hace mucho tiempo, 20.000 años o más, apareció la imagen de la diosa sobre un amplio territorio, extendiéndose desde los Pirineos al lago Baikal de Siberia. Estatuas de piedra, hueso y marfil, diminutas figuras de cuerpos largos y pechos caídos, redondeadas imágenes maternales cuyas formas abultadas anticipaban el nacimiento, efigies con signos arañados en ellas -líneas, triángulos, zigzags, círculos, redes, hojas, espirales, agujeros-, elegantes formas que surgían de la roca, pintadas de ocre rojo, todo ello ha sobrevivido a través de las ignotas generaciones de seres humanos que compusieron la historia de la humanidad.

Se han descubierto más de 130 de estas esculturas, apoyadas sobre rocas y sobre tierra, entre los huesos y herramientas de estos pueblos del Paleolítico.

Las estatuas siempre representan figuras desnudas; son generalmente pequeñas y con frecuencia gestantes. Algunas semejan mujeres ordinarias, pero la mayoría tienen la apariencia de madres, como si cuanto fuera femenino en ellas se hubiese concentrado en el misterio abrumador del nacimiento.

Muchas figuras han sido salpicadas de ocre rojo, el color de la sangre que proporciona la vida, y con frecuencia su base se va estrechando hasta formar una punta carente de pies, como si en alguna ocasión hubieran permanecido clavadas en el suelo con intención ritual.

Las tribus que vivieron dentro de las cuevas, pintando las oscuras paredes interiores con los rojos chillones, ocres y marrones de los animales salvajes, colocarían las estatuas en el exterior de sus moradas, en la entrada de sus habitáculos o de su santuario.

La Venus de Laussel, o “Femme à la Corne” (“Mujer con una bocina” en francés) es una figurilla de Venus,
uno de una clase de objetos encontrados en yacimientos arqueológicos del Paleolítico superior en toda Europa.

Sobre un refugio rocoso en Laussel, en la Dordoña, a unos pocos kilómetros de distancia de la gran cueva de Lascaux, donde aún cubren sus paredes las más brillantes de estas pinturas-, una estatua femenina de 43 cm de altura contempló alguna vez el valle. Los escultores del Paleolítico la cincelaron en piedra caliza con utensilios de sílex y colocaron en su mano derecha un cuerno de bisonte en forma de luna creciente, con muescas de los trece días de la fase creciente de la luna y de los trece meses del año lunar. Con su mano izquierda apunta hacia su vientre grávido. Su cabeza se inclina hacia la luna creciente, dibujando una curva que conecta la fase creciente de la luna con la fecundidad del útero humano, y que pasa por sus dedos, posados sobre su vientre, para ascender, a través del ángulo que forma su cabeza, hasta el cuerno creciente de su mano. De esta manera se reconocen las pautas de relación que vinculan el orden celeste y el terrestre.

Las fases de la luna eran las mismas para el hombre del Paleolítico que hoy para nosotros; también eran idénticos los procesos propios del útero. Podría ser, pues, que la observación inicial que condujo al nacimiento, en la mente del hombre, de la mitología de un misterio que informa de los asuntos terrestres y celestiales, fuese el reconocimiento de una armonía entre estos dos órdenes articulados a partir del factor del tiempo: el orden celeste de la luna creciente, y el terrestre del útero.

Joseph Campbell

A 161 km hacia el sur, en las laderas de los Pirineos, en un lugar llamado Lespugue, reposó desde milenios en una zanja cubierta de barro la delicada escultura. De sólo 14 cm de altura, fue esculpida en el marfil de un mamut. No tiene manos ni pies y sus piernas se afilan hasta formar una punta; parece, pues, que estuvo clavada en la tierra, o que se fijó sobre una base de madera, para que pudiese permanecer erguida donde pudiera ser vista. La parte superior de su pecho se aplana para formar una curva, que se eleva hacia una cabeza casi serpentina que se inclina hacia delante, de modo que su frágil cuerpo subraya su capacidad para dar a luz y proporcionar alimento.

Sus brazos descansan sobre sus pechos, que penden, alargados, y que se funden con su vientre pleno y redondeado; sus nalgas y muslos están desproporcionadamente abultados, como si contribuyesen también al acto de dar a luz. Sus pechos y nalgas dan la sensación de ser cuatro huevos que transporta en el nido de su cuerpo gestante. Diez líneas verticales han sido trazadas desde debajo de sus glúteos hasta la parte trasera de sus rodillas, dando la impresión de ser las aguas del parto que caen profusamente de la matriz, como la lluvia. Las diez líneas sugieren los diez meses lunares de la gestación en el útero.

Diosa de Lespugue, vista frontal y posterior (estatua de marfi l de
mamut, 20.00018.000 a. C., 14 cm de al tura. Al to Carona, Francia

Cada parte de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante aguja de un abeto, cada playa de arena, cada retazo de neblina en el oscuro bosque, cada claro de él, y cada zumbido de insecto es sagrado en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que circula en los árboles lleva los recuerdos del Piel roja.
Somos una parte de la tierra, y ella es una parte de nosotros. Las flores fragantes son nuestras hermanas, el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Las cimas rocosas, las suaves praderas, el calor del mustang, y el hombre, todos pertenecen a la misma familia. El agua cristalina que brilla en arroyos y ríos, no es  solo agua sino sangre de nuestros antepasados. Si vendemos nuestra tierra, deben saber que es sagrada, y que cada pasajero reflejo en las claras aguas habla de los hechos y los recuerdos de la vida de mi pueblo. Los ríos son nuestros hermanos, ellos calman nuestra sed. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.
Los ríos llevan las canoas y alimentan nuestros hijos. Si vendemos nuestra tierra tienen que recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y los vuestros, y tendrán desde ahora que mostrar por ellos el cariño que mostrarían por un hermano.
El aire es imprescindible para nosotros, pues todas las cosas participan del mismo soplo.
[Pero si les vendemos nuestra tierra no olviden que] el aire es precioso; que comparte su espíritu con todo lo que hace vivir. El viento que dio a nuestros padres el primer aliento, también recibió su último suspiro. Enseñen a sus hijos lo que hemos enseñado a los nuestros; que la tierra es nuestra madre, todo lo que le pase a la tierra, les sucede a los hijos de la tierra. Nosotros sabemos al menos esto: la Cierra no pertenece a los hombres, es el hombre quien pertenece a la tierra, lodo está unido como la sangre que une una misma familia. Todo está unido. Lo que le pase a la tierra, le sucederá a los hijos de la tierra. No es el hombre quien tejió la trama de la vida: él es solamente un hilo. Todo lo que haga al tejido, se lo hace a sí mismo.

Jefe Seattle, 1855

El mito de la diosa
Jules Cashford y Anne Baring

Anne Barring es psicoanalista junguiana y fue miembro de la International Association for Analytical Psychology hasta 2001.

Jules Cashford es especialista en mitología y analista junguiana. Estudió filosofía en el St. Andrews College, se graduó en literatura por la Universidad de Cambridge y fue supervisora en tragedia griega en el Trinity College.