Este es el Día de Una Bruja

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Por Mariángel Calderón

¿Estás segura?, Le pregunté con los ojos clavados en los suyos, con las tijeras en la mano derecha apuntando al cielo, lista para ayudarle a cambiar la mirada.

Me dijo que sí, aunque la vi considerarlo dos milésimas de segundo, con los ojos en el piso regresó a la vez que sintió que se le doblaban las piernas mientras él le agarraba la mano en público, volvió al día en el que cantaron una canción en inglés que ninguno de los dos entendía.

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Dos milésimas de segundo para recordar las jacarandas y todas las horas en las que se sintió amada, las promesas de vivir lejos de la ciudad, de los odios de él por volar, de las ganas de ella de emprender vuelo.

Sí, me dijo con los ojos llenos del vacío que recién llega cuando se comprende que ya todo acabó, me lo dijo mirando el dedo anular izquierdo donde antes había  un anillo que luego devolvió nada más porque un día despertó decidida a encontrarse a sí misma, porque estaba cansada de todos los amores le habían puesto en las manos para que ella fuera la única responsable de cuidarlos, porque 
estaba cansada de tener que sostener el mundo, el suyo.

Mojé listones de colores en bálsamo con agua a la que lunas antes le había cantado, los pasé por su cabeza y hablé con sus ancestros y todos sus dolores, les dije que la dejaran andar con sus propias tristezas que luego agarré con los listones para arrojarlas al fuego. 

Anudé más cintas de colores en sus ojos, para que viera por fin lo que se empeñaba en ignorar y luego corté con fuerza  todas las historias que se contó frente al espejo, el sonido metálico de las tijeras la asustó, tanto como el miedo que se tenía a sí misma.

Hice lo mismo con sus manos, temblaban, estaban cansadas de sembrar durante años y no ver crecer ningún fruto, le dolían de tanto aferrarse a los pasados, a los si yo hubiera, a posibilidades sin plazos, luego amarré más listones en los pies para que se dejará de tropezar consigo misma y los corté con fuerza, con un suspiro miramos como el fuego consumía los listones, se formaron corazones y colibríes entre las llamas, la sonrisa le había vuelto al cuerpo.

Poco a poco se fue restableciendo, le vi nacer esperanzas de los ojos, una más que volvía del mundo de los malos amores con las aguas tranquilas y los pasos con rumbo, una más que había entendido que el amor nace de adentro hacia afuera y nunca al revés.

La vi partir ligera, con los cabellos libres y los pasos tranquilos mientras anudaba la bolsa de ramas de pirul y romero que antes le había azotado por todo el cuerpo para que recordara que era igual de fuerte que ellas, igual de sabia; para que siempre supiera que tenía raíces pero también alas.

Sin querer pisar ninguna jacaranda, llegué como pude al bote de la basura, ahí puse con cuidado las cenizas de los listones y las hierbas en las que dijo en secreto todas las cosas que quería soltar, las puse junto con todos los deshechos, justo donde deben estar las cosas que duelen, que pesan y no dejan dormir.

Mientras el barrendero de la colonia separaba la basura de todos los vecinos me vio llegar con el atado que puse en el contenedor, sabe que de vez en vez voy al tiradero de basura a poner huevo que antes pasé por algún cuerpo, restos de cera de vela que me dijo algún secreto, amarres que logré desanundarle alguna, restos de amores que no prosperaron, en los ojos le vi el fastidio de siempre por no saber si ponerlos del lado de la basura que se recicla o de aquella que ya no tienen ningún remedio.

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