ARES O MARTE, dios de la confusión y de las tormentas en los asuntos humanos

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Un hijo de Zeus y Hera, de acuerdo con la creencia de los griegos, era originariamente dios de la tormenta y la tempestad, y más en particular del huracán; pero perdió su sentido original en un primer periodo, y más completamente que en el caso de la mayoría de los otros dioses; el carácter con el que se nos aparece ante nosotros es exclusivamente el de «dios de la confusión y de las tormentas en los asuntos humanos», en otras palabras, «dios de las terribles guerras» o, más correctamente, «de la salvaje confusión y la contienda de la batalla». De todos los dioses superiores era el más fiero y terrible, y se complacía en el sacrificio y el asesinato.

A este respecto forma un contraste sorprendente con Palas-Atenea, la diosa de las luchas de caballería bien igualadas, a quien a menudo encontramos opuesta a él en las narraciones míticas. Cuando luchaba era invulnerable y siempre estaba del lado del vencedor; mientras que Ares no era sólo el dios de la batalla sino también una personificación de la guerra, con su doble consecuencia de victoria y derrota, a veces era herido e incluso se le hacía prisionero.

Cuando ayudó a los troyanos en sus guerras con los griegos, en el transcurso de las cuales tomó bajo su protección especial a su líder, Héctor, fue herido por el héroe griego Diómedes, ayudado por la diosa Atenea. Cayó —así describe Hornero el acontecimiento en la litada (V, 853)— con un gran estruendo al suelo, como el ruido de nueve o diez mil guerreros envueltos en una batalla. De nuevo (Ilíada, XXI, 400) fue herido por Atenea y cayó, rechinando metálicamente su armadura, y su cuerpo cubrió con su caída siete acres de terreno —una referencia obvia al rugido y destrucción que precede a una gran tormenta—. Una vez fue capturado por Otos y Efialtes, los hijos gigantes de Aloeos el plantador, y fue mantenido prisionero en un gran jarrón de bronce (Ilíada, V, 385) durante trece meses —espacio de tiempo que, si recordamos que los nombres de los dos héroes se derivan de la labranza, parece indicar un año entero de agricultura pacífica—. Como él mismo, sus descendientes se distinguían por sus proezas o gusto por la lucha; como por ejemplo, Meleger, el príncipe de Caledonia, que clavó una lanza contra el jabalí Caledonio; Cienos, al que mató Hércules, y que por esto habría sido vengado por Ares de no haber sido porque Zeus detuvo el conflicto de sus dos poderosos hijos con un rayo luminoso; luego Partenopeso, uno de los siete líderes en el asalto a la ciudad de Tebas; Enomeos y otros. La expresión «un hijo o descendiente de Ares», frecuentemente aplicada a otros héroes, no debe entenderse literalmente, sino que meramente indica fuerza física y valor, igual a la de sus descendientes reales.

Eris, la personificación de la lucha fatal, estaba usualmente a su lado; Terror y Alarma (Deimos y Fobos) le ayudaban en sus movimientos. Por otra parte le encontramos incluso en la litada (V, 355 y XXI, 416), donde su carácter general es el de un combatiente de enorme fuerza, asociado con Afrodita, la diosa del amor. En la Odisea (VIII, 26) se cuenta la historia de su visita secreta a ella, cuando fue descubierto por Helios, que informó a Héfestos del hecho, a partir del cual diseñó una astuta red y, cogiendo a los dos juntos bajo ella, los exhibió a los dioses del Olimpo y llamó a Zeus para traerlos a juicio. Esta relación de Ares hacia Afrodita, que fue incluso adorada como su propia esposa en Tebas, indica muy probablemente la paz y el descanso que siguen a un tumulto de guerra.

Ares era alabado en Grecia, pero no como una gran deidad protectora, tal como era juzgado por los romanos. En Atenas el Areópago, o «Campo de Marte» en el que se celebraba una corte de justicia para decidir sobre casos que tenían que ver con la vida y la muerte, derivaron su nombre de él; la historia cuenta que una vez apareció ante él en una causa contra Poseidón. El pueblo guerrero de Tegea, los espartanos, que tenían un templo muy antiguo en su honor; los atenienses, para los que Alcmenes el escultor, un contemporáneo y rival de Fidias, había hecho una estatua, y los eleos, todos le alabaron con más o menos celo.

Pero la casa real y centro de su adoración era Tracia, con su salvaje población guerrera y su tormentoso y tempestuoso cielo. Fue en Roma, sin embargo, con sus conquistas y orgullo de poder militar, donde él disfrutó del mayor honor bajo el nombre de Marte, después de Júpiter, como guardián del Estado. Los romanos se consideraban como descendientes reales de Marte, porque éste había sido, como se creía, el padre de Rómulo y Remo, llamándole Marspiter, es decir, Mars Pater, su padre Marte. En Reate, Italia, tuvo incluso un oráculo.

En Roma había un campo consagrado a él, llamado «Campo de Marte», donde tenían lugar maniobras y ejercicios militares; también se celebraban competiciones atléticas, llamadas «juegos marciales», y se reunían asambleas públicas para considerar importantes cuestiones de Estado. Los hipódromos y los templos del dios estaban allí, y allí se celebraban cada cuatro años el censo y la asamblea de los ciudadanos que podían ser llamados al campo en el caso de una guerra. En esta ocasión se presentaba ante él un sacrificio, que consistía en un toro, un carnero y una cabra, que, antes de ser sacrificados, eran conducidos tres veces por delante de la muchedumbre allí congregada, mientras que durante la ceremonia se ofrecía una plegaria para que los dioses inmortales pudieran aún engrandecer y extender el Imperio Romano más y más o, como se expresó en tiempo posteriores, para que pudieran dar estabilidad y resistencia al Estado romano. Dos veces al año se celebraban allí carreras de carros, al principio de marzo y en octubre; la ceremonia de sacrificar a Marte el sobresaliente caballo que ganaba la carrera —el caballo Octubre, como se le llamaba— tenía lugar en este último.

En el «campo de Marte» se dedicaba el botín traído de las campañas, y ningún general romano iba a la guerra sin haber primero acudido al templo de Marte para agitar el sagrado escudo y lanza, añadiendo las palabras: «¡Protégenos Marte!» Se creía que este escudo (ancile) había caído del cielo en el tiempo en que Numa Pompilio era rey de Roma y, como el Paladio en el templo de Vesta, era mirado con veneración. Tanto éste como la lanza sagrada se conservaban en el templo de Marte, bajo la custodia de sacerdotes, que eran llamados Salí, y cuyo deber era celebrar cada año un festival de acción de gracias por este importante regalo de los dioses.

En los primeros tiempos los sacrificios ofrecidos a Marte consistían en seres humanos, particularmente los que habían sido hecho prisioneros en la batalla; pero en tiempos posteriores esa costumbre fue abandonada y se ofrecieron en su lugar caballos, carneros, perros y una porción de los enemigos capturados. Además de estos animales, eran consagrados a él el lobo, el gallo y el pájaro carpintero.

Los atributos de Ares eran una lanza y una antorcha ardiente, como, según la costumbre antigua, llevaban sus sacerdotes cuando avanzaban para dar la señal de batalla al ejército contrario. Los animales elegidos como sus símbolos eran el perro y el buitre, los visitantes constantes de los campos de batalla.

En las obras de arte se representa a Ares generalmente como un joven pero de cuerpo muy fuerte, armado con un casco, escudo y lanza. Otras veces tiene barba y está fuertemente armado.

 

Fuente: ALEXANDER S. MURRAY      /     QUIÉN ES QUIÉN EN LA MITOLOGÍA

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